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De gobiernos y culturas
Zalma Jalluf
Tres siglos ha que empezó la barbarie, que la presente edad ha rechazado como fabulosa, porque parece superior a la noción misma de la perversidad humana; y jamás sería creída por los críticos modernos si constantes y repetidos documentos no testificasen esas infaustas verdades […]. ¿Y la Europa civilizada, amante de la libertad, permite que se devore la más bella parte de nuestro globo? Esperábamos que los ciudadanos de las naciones cultas se apresuraran a auxiliarnos, sin embargo […].
Era 1815, pero bien podría haber sido el testimonio de las últimas épocas. Como hoy, la idea de la independencia no tenía más razones que aquéllas, contra la desmesura de la mentira histórica que en eterna complicidad con la tiranía daba en repetir que la invasión llevaba libertad y civilidad a una América "nueva". América combate con despecho, continuaba Simón… cuando el destino le mostraba su traza, y raramente la desesperación no ha arrastrado tras de sí a la victoria. Allí renacía la noción de pertenencia a lo suramericano, sobre los cimientos de la cultura aniquilada, sobre la esperanza de un futuro independiente. Pero, como hoy, la independencia requería lo que se sojuzgaba, la construcción de la cultura de la identidad. No somos indios ni europeos, sino una especie media entre aquellos legítimos propietarios y los usurpadores, en suma americanos por nacimiento […] nuevos e inexpertos en las artes y en las ciencias, pero viejos en los usos de la sociedad civil […], sentenció Bolívar antes de que la palabra americano le fuera expropiada y antes de que nos viéramos obligados a la aclaración: latinoamericanos. Hoy la batalla sigue entre los mismos opuestos; en la destrucción de la diversidad cultural obra el principio de la dominación, y en ésta, el medio para apropiarse de lo ajeno.
Hoy seguimos batallando por la independencia de pensamientos y acciones, con la educación como único principio sustentable de la libertad. No como mera alfabetización instrumental sino como mecanismo de conformación y confrontación, para discriminar críticamente la inteligencia que guía el transcurso de los acontecimientos sociales. ¿De dónde somos, qué papel nos reservan las contingencias, hacia dónde nos conducen, quiénes obran en nuestro nombre? Son los proyectos de un país los que modelan la identidad de las personas, creando individuos permeables a las más aberrantes intenciones, indiferentes a la noción del mundo como diversidad; o son las personas quienes se reúnen en la conformación de una nación. Al norte y al sur, Bolívar y San Martín obraron lo escrito por Montesquieu en el horizonte del Viejo Mundo: es más difícil sacar un pueblo de la servidumbre que subyugar uno libre. Y es muy difícil que un pueblo culto tolere la barbarie.
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