Extracto de nota
![]() ![]() ![]()
|
Brasil es un país sorprendente. Produjo en el siglo XX obras de calidad y reconocimiento internacional en las áreas de arquitectura, cine, literatura, publicidad y diseño gráfico, no así en espacios urbanos, comunicación visual y en la producción cultural, que, como un todo, adolece de falta de calidad. Convivimos con la corrupción y la miopía de los políticos, además de otros innumerables problemas. A pesar de eso, conseguimos sortear la ausencia de certezas con altas dosis de esperanza y buen humor. La falta de responsabilidad y compromiso también son una marca registrada de los brasileños. Pero, aunque tengamos que pagar un precio alto, esto también tiene un aspecto positivo, porque genera respuestas menos graves, menos dogmáticas y, en consecuencia, más sorprendentes. En el campo de la tipografía no podía ser diferente. La falta de tradición, sin embargo, es un hecho que generó una gran atrofia en el empleo tipográfico. Sin maestros, recursos ni referencias, sólo nos quedaba la copia y la repetición de fórmulas. Pero aun así surgieron acciones aisladas que propiciaron las condiciones para cambiar ese escenario. En la primera mitad del siglo XX existió un movimiento cultural que tradujo bien el espíritu brasileño en relación con las influencias internacionales. Ese movimiento se llamó Antropofagia (con referencia a la deglución de un padre portugués por una tribu de indios antropófagos durante la época de la colonia), que predicaba la apropiación libre de los valores extranjeros, reinterpretándolos después de su debida asimilación nacional. Ocurrió lo mismo durante las décadas posteriores con otros movimientos expresivos, como la Bossa Nova o el Tropicalismo, entre otros (véase tipoGráfica, Nº 46, p. 41). La tipografía todavía no generó ningún movimiento de esta naturaleza, pero la inmovilidad ya está superada y comienza a emerger una forma de expresión nacional. El comienzo En la década del 70, la empresa Letraset organizó un concurso de alfabetos cuyo premio fue la inclusión de la fuente ganadora en el catálogo brasileño de la compañía. El jurado estuvo presidido por Colin Brignall, quien en ese entonces era director artístico de Letraset Internacional. En la década del 80, la tipografía comenzó a consolidarse a partir del trabajo de las agencias de publicidad que producían alfabetos corporativos para usar en campañas y materiales gráficos. El uruguayo Eduardo Bacigalupo, radicado en San Pablo, creó en 1987 el alfabeto para la línea brasileña VASP a partir del logotipo de la compañía, también realizado por el diseñador. La era digital En torno a la revista y a la asociación comenzaron a interactuar cada vez más diseñadores de varias partes del país, interesados en profundizar en el conocimiento y la práctica de la tipografía. Para la misma época, en Río de Janeiro, Subvertaipe ya distribuía fuentes con inusitadas piezas de material promocional, con inspiración en T26, de Carlos Segura. También data de ese período el lanzamiento de las dos primeras fuentes brasileñas en el catálogo de una fundidora de tipografías internacional: la ITC Underscript y la ITC Gema, ambas de Claudio Rocha. Poco tiempo después, la T26, de Chicago, empezó a distribuir las fuentes Low Tech y Quadrada, de Priscila Farias. En la actualidad, además de esas fuentes, T26 incluye proyectos de otros dos diseñadores brasileños: Gustavo Piqueira y Thais Lima, con las fuentes Bizu y Motus, respectivamente. […] Más información en página 28, tipoGráfica 57 |