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Claudio Rocha
 

La renovada escena brasileña

La falta de tradición en la historia de la tipografía en Brasil se remonta a sus comienzos. Las primeras experiencias en la disciplina pueden rastrearse en los iniciales proyectos tipográficos de fines de la década del sesenta. No obstante, en la actualidad, esta ausencia está superada y comienza a emerger una forma de expresión nacional.

   

diccionario de nombres: detalle de la letra A
Houaiss, de Rodolfo Capeto
Bispo, de Amir Admoni
Stampface, Claudio Rocha Sampa, Claudio Rocha
Kashemira, Luciano Cardinali Xilotype, facultad Senac
 

Brasil es un país sorprendente. Produjo en el siglo XX obras de calidad y reconocimiento internacional en las áreas de arquitectura, cine, literatura, publicidad y diseño gráfico, no así en espacios urbanos, comunicación visual y en la producción cultural, que, como un todo, adolece de falta de calidad. Convivimos con la corrupción y la miopía de los políticos, además de otros innumerables problemas. A pesar de eso, conseguimos sortear la ausencia de certezas con altas dosis de esperanza y buen humor. La falta de responsabilidad y compromiso también son una marca registrada de los brasileños. Pero, aunque tengamos que pagar un precio alto, esto también tiene un aspecto positivo, porque genera respuestas menos graves, menos dogmáticas y, en consecuencia, más sorprendentes.

En el campo de la tipografía no podía ser diferente. La falta de tradición, sin embargo, es un hecho que generó una gran atrofia en el empleo tipográfico. Sin maestros, recursos ni referencias, sólo nos quedaba la copia y la repetición de fórmulas. Pero aun así surgieron acciones aisladas que propiciaron las condiciones para cambiar ese escenario.

En la primera mitad del siglo XX existió un movimiento cultural que tradujo bien el espíritu brasileño en relación con las influencias internacionales. Ese movimiento se llamó Antropofagia (con referencia a la deglución de un padre portugués por una tribu de indios antropófagos durante la época de la colonia), que predicaba la apropiación libre de los valores extranjeros, reinterpretándolos después de su debida asimilación nacional. Ocurrió lo mismo durante las décadas posteriores con otros movimientos expresivos, como la Bossa Nova o el Tropicalismo, entre otros (véase tipoGráfica, Nº 46, p. 41). La tipografía todavía no generó ningún movimiento de esta naturaleza, pero la inmovilidad ya está superada y comienza a emerger una forma de expresión nacional.

El comienzo
Uno de los primeros proyectos tipográficos que se conocen fue el que desarrolló Alexandre Wollner en 1967. El alfabeto fue creado a partir del signo "e", utilizado como símbolo y parte del programa de identidad visual de la empresa Eucatex, productora de paneles y revestimientos acústicos. Wollner, uno de los pioneros del diseño gráfico en Brasil, formado en la escuela alemana de Ulm, es uno de los fundadores de la Escuela de Diseño Industrial de Río de Janeiro (ESDI). En la actualidad dirige su estudio de diseño en San Pablo.

En la década del 70, la empresa Letraset organizó un concurso de alfabetos cuyo premio fue la inclusión de la fuente ganadora en el catálogo brasileño de la compañía. El jurado estuvo presidido por Colin Brignall, quien en ese entonces era director artístico de Letraset Internacional. En la década del 80, la tipografía comenzó a consolidarse a partir del trabajo de las agencias de publicidad que producían alfabetos corporativos para usar en campañas y materiales gráficos. El uruguayo Eduardo Bacigalupo, radicado en San Pablo, creó en 1987 el alfabeto para la línea brasileña VASP a partir del logotipo de la compañía, también realizado por el diseñador.

La era digital
Durante la década del 90, algunos diseñadores ya estaban produciendo fuentes digitales, pero de manera aislada. En 1997 se publicó la primera y única edición de la revista Última Forma, con la propuesta de vincular a los diseñadores que estaban involucrados en la producción tipográfica. Esa publicación contenía algunas de las primeras fuentes digitales producidas en el país –ya en la era de Fontographer–, además de mostrar trabajos caligráficos y piezas gráficas donde se destacaba la tipografía. En esa oportunidad la revista fue distribuida en el Congreso de ATypI, en la Universidad de Reading y entre los socios de la Asociación de Diseñadores Gráficos (ADG).

En torno a la revista y a la asociación comenzaron a interactuar cada vez más diseñadores de varias partes del país, interesados en profundizar en el conocimiento y la práctica de la tipografía. Para la misma época, en Río de Janeiro, Subvertaipe ya distribuía fuentes con inusitadas piezas de material promocional, con inspiración en T26, de Carlos Segura. También data de ese período el lanzamiento de las dos primeras fuentes brasileñas en el catálogo de una fundidora de tipografías internacional: la ITC Underscript y la ITC Gema, ambas de Claudio Rocha. Poco tiempo después, la T26, de Chicago, empezó a distribuir las fuentes Low Tech y Quadrada, de Priscila Farias. En la actualidad, además de esas fuentes, T26 incluye proyectos de otros dos diseñadores brasileños: Gustavo Piqueira y Thais Lima, con las fuentes Bizu y Motus, respectivamente. […]

Más información en página 28, tipoGráfica 57