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Educación y poder
Zalma Jalluf
Los acontecimientos últimos lo anuncian con premura: no hay cultura ni educación, no hay intelecto ni democráticas mayorías exhortando a la paz que puedan contra la voluntad de un imperio decidido a deshacerse del mundo con nosotros dentro de él. Sin embargo, a pesar del dictamen inmisericorde y la aseveración cotidiana, no habrá otros caminos disponibles más allá de la cultura y del intelecto, la educación y la voluntad de las mayorías y minorías pensantes para oponerse a la ignorancia práctica de algunos pocos, autoproclamados cuidadores del mundo.
Ni el analfabetismo, ni la miseria de los estómagos mal nutridos de Latinoamérica, ni esa conciencia eternamente carente de urgencia de la Europa milenaria, ni el África por siempre postergada, ni Oriente, lejano como nunca, dejan de manifestar su inconvocado voto. Es lógico, una y otra vez nos fue demostrado; se trata de la elección del presidente que ha de administrar el transcurso de la humanidad, aunque tan abarcadora dimensión se corresponda con instituciones políticamente menos populares. Después de todo, la falta de representatividad fue siempre el problema, cuando una minoría gobierna sobre la mayoría diversa.
Las identidades fueron despreciadas, la intolerancia, promovida. Los recursos del mundo, extinguidos, las soberanías, violentadas y la dignidad del hombre, declarada, simplemente, innecesaria. El poder de la cultura fue aplastado ante el ejercicio de la cultura del poder. El presidente del Mundo acerca su balance de obras, no precisamente legitimadas en la educación y la cultura de las masas que gobierna. Y frente al contexto decisivo del elector, el mensaje se reitera sin demasiados inéditos: los destinos de gloria no se andan con dubitaciones intrascendentes; no hace falta ser libres sino conseguir una dominada seguridad. No fue necesario saber ni contra quiénes, ni en dónde, ni por qué se seguirá promoviendo el terror. No es de gente educada preguntar si esta guerra contra la paz del mundo ya había empezado cuando los tantos septiembres se hicieron visibles. No hace falta elegir quién gobernará, si la violencia es la única puerta abierta para solventar la existencia de una nación.
Ni la más experimentada, ni la más numerosa, ni la más ejercitada o exigente, ni siquiera la más democrática: se trata, simplemente, de la población electoral más poderosa. No sabemos si esta vez la posibilidad de torcer un destino poco venturoso estará entre los quehaceres de su interés. No sabemos si esta vez querrá saber.
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