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Educación ahora
Zalma Jalluf
La cultura es un acto proyectual, de preservación del patrimonio y desarrollo de la memoria colectiva, un acontecimiento dinámico de la identidad. En los últimos tiempos ha comenzado a sorprendernos la exigencia social por los derechos culturales como necesidad para una subsistencia diversa y propia, tan concreta como el derecho a la salud y a la alimentación. Pero, ¿qué tipo de ausencias crónicas manifiestan estos reclamos? ¿Qué reclamamos cuando reclamamos cultura? ¿Quiénes están en condiciones de percibir la cultura como derecho?
A diferencia de otras construcciones que deben ser previstas por el Estado y amparadas por la sociedad bajo una forma modelada, la cultura es una posibilidad abierta, que rescata la existencia del individuo como tal. La cultura hace a la identificación de las personas como particularidades más allá de la identidad de una comunidad. Por lo tanto, lo que una comunidad debe proveer es el acceso, la permanencia y el libre tránsito de las personas a través de las manifestaciones de la cultura. No es posible preestablecer los límites ni la forma de ese gran espacio de actuación; se trata simplemente de poder participar de la construcción. No se trata sólo de promover a los mejores escritores, sino de que los libros encuentren en cada sociedad a sus mejores intérpretes y críticos lectores. La educación ha sido siempre uno de los puentes para acceder a la cultura, y la cultura, uno de los mecanismos para contener excesos de poderes y sistemas.
La Argentina abandonó desde hace un tiempo la tradición educativa que durante muchos años la definió como una sociedad capaz de generar cultura, de poseer las herramientas para modelar su herencia. Primero fueron las dictaduras que frenaron ese transcurrir imponiendo otras culturas, después las tiranías de mercado que sustituyeron, simplemente, necesidades culturales por el apego a un consumo de primer mundo. Para atenuar la responsabilidad de los Estados, siempre se nos quiso demostrar la relación entre el abandono de la excelencia educativa y la incapacidad de contar con los recursos económicos para administrarla. Pero hay demasiados argumentos que verifican que tal relación es incierta. Se trata de decisiones, de planes, de la ideología de los gobernantes y de los gobernados.
Las economías están sometidas a vaivenes demasiado impredecibles y vulgares como para entregarles la responsabilidad de planificar el destino de la educación. Lo que le urge a la cultura de nuestro país es retornar a una cualidad educativa que pueda regular la ferocidad de un mercado que sigue cobrándose víctimas de exclusión. La educación es lo único que puede promover la superación en democracia, pues, afianzado el sistema, ahora es necesaria una mayor representatividad.
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