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editorial

Contradicciones de localidad       
Zalma Jalluf

En una vasta extensión de superficie bien al sur, allá donde la cartografía exige un final, empieza la Argentina. País reciente del descubierto Nuevo Mundo, apenas principia su república; son doscientos años de independencia, pero muy pocos de democracia y algún instante histórico de ilusoria libertad. En definitiva, un pueblo más de Latinoamérica (vale la aclaración, desde que el nombre de América nos fue expropiado). Una parte de ese universo de oportunidades y contradicciones que el Norte rebautizó Tercer Mundo, porque no se trataba de exaltar novedades sino de visionar, en su propia brújula, algunos de nuestros orígenes y la jerarquía de casi todos nuestros destinos.

Primero desaparecieron las poblaciones nativas; después la costumbre se hizo práctica y muchos perpetuaron la idea de enterrar o desterrar lo que no asimilaba el nuevo orden. Así, a esta tierra despoblada y bella la frecuentan desde siempre las leyes imposibles de lo que es y no está, de lo que pudo haber sido, de la desmaterialización de su futuro. Siempre es, pero se duda de que podrá seguir siendo; siempre se la explica en la naturaleza de la crisis y se la sorprende en su eterna reinvención.

La historia refiere una Argentina colectivamente construida desde afuera. Otra vez cruzamos destinos a destiempo; acogimos padres, de la miseria y la guerra europea, y despedimos hijos, desterrados por nuestras pobrezas sin guerra. Pero recientes investigaciones certifican insólitas apariciones: más de la mitad de nuestra población registra en su ADN antepasados amerindios. Dice la noticia: «lo que queda al descubierto es que no somos tan europeos como creemos», pero en realidad descubre «cuánto ha aportado a nuestra identidad la población originaria». En definitiva, somos un conglomerado heterogéneo de contradicciones.

Tanto se ha escrito sobre la Argentina, pero no más que sobre cualquier otro sur: que su belleza y riqueza no serán tales si no alimenta a su propia gente, que la bondad de habitar un extremo del mundo lo es, básicamente, por la gracia de una vecindad falta de imperios desmedidos, temerarios y arrogantes.