Diseño
Oriente y orientación
Además de orientar, la señalética normaliza un espacio físico para que sea accesible. Mediante señales, expresa su contenido, su funcionamiento, lo identifica y lo diferencia. El sistema de orientación no debe configurarse como un suplemento del espacio sino como una manifestación integrada a su entorno y que, incluso, ayude a mejorar la calidad de vida.
¿Dónde estoy?
“Usted está aquí”, responde el cartel, indicándole un punto sobre el plano de la ciudad fijado verticalmente delante de usted. Con esta información y con la referencia del lugar de destino buscado, que se ubica en ese mismo plano, se construye un esquema de desplazamiento virtual entre el “Usted está aquí” y el “Usted desearía trasladarse aquí”.
Tomaré la calle Jules Ferry, luego la segunda a la izquierda, llamada calle de la Libertad. A continuación, la tercera a la derecha, luego de la Plaza de la República, llamada Calle de las Lilas, para, seguidamente, encontrar el número 36. Esta marcha virtual sobre el mapa se construye a partir de una operación de recuperación entre el “estoy aquí”, del orden de la representación planométrica, y un cierto número de informaciones recogidas in situ. Éstas nos permitirán determinar el sentido de la lectura y la dirección que debemos tomar para efectuar el trayecto. Enseguida se verá confirmado por la realidad, por ejemplo, el hecho de que el nombre de la segunda calle a la izquierda que debo tomar se corresponde con el que la identifica en el plano. Los carteles de la vía pública ubicados a priori en los ángulos de cada cruce serán indispensables para esta correlación. Sin embargo, esta doble lectura sólo puede llevarse a cabo si un cierto número de códigos han sido asimilados: los códigos de representación propios de la cartografía y un código de localización relacionado con la forma de los soportes de información. Por ejemplo, el conocimiento o la comprensión que se tiene del sistema de numeración de calles, diferente en cada país, puede evitar rodeos inútiles. Información complementaria, como los números de las calles de París que indican el sentido Sena-suburbios, puede reducir aun más la probabilidad de un desvío equivocado. Y aunque tengamos una brújula que marque el norte, la estrella polar o el oriente donde se eleva el sol, poco podremos hacer para evitarlo.
El montañés, perdido en la niebla, que después de muchas horas encuentra sus huellas, constatando que ha girado en círculos mientras pensaba que descendía una pendiente, sabrá hasta qué punto nuestra orientación sólo se construye a partir de la relación con las señales exteriores, sean geológicas, arquitectónicas o cósmicas. ¿“Dónde puedo estar”, si todo lo que me rodea se borra progresivamente hasta desaparecer del todo? La desorientación es una sensación terrible que se incrementa cuando las nociones de arriba y abajo comienzan a escapársenos en el mismo momento en el que el oriente se nos escapa. Sólo basta un rayo de sol a través de las nubes para que todo vuelva a ser limpio: se reconoce una cumbre, algo que le permitirá al caminante extraviado poner en relación la representación del paisaje sobre el plano, la realidad y sus eventuales recuerdos. La orientación se construye sobre una relación entre ese lejano “oriente” que indica una dirección constante y el “aquí” alrededor del cual se tiende a girar en círculos.
El ser desorientado es aquel que ha perdido todas las indicaciones para llegar a un punto determinado, además de no tener la capacidad de relacionar la información que le transmiten las señales. […]
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